Religión, insomnio y megáfonos
En una etapa en la que se promueve el respeto mutuo entre lo religioso y lo laico, las autoridades apoyan a los irrespetuosos y les acompañan en el ejercicio de sus descabelladas ideas por la cuidad.
Y asi, como si de una gamberrada se tratase, un año más, un señor se levanta bien temprano, agarra un megáfono y se pone a pasear por las calles de la cuidad a las seis y media de la madrugada de un domingo cualquiera.
Están de más las razones que excusan este comportamiento incívico, pueden llamarlas "procesion", "corpus" o como quieran, pero no tiene ni tendrá razón de ser el hecho de despertar a media ciudad sólo por el ejercicio, libre y público, de sus creencias.
Así, un año más, he estado tentado de llenar un cubo con agua, bajar a la calle y echarselo por encima al desgraciado que se cree con permiso de despertarme y no dejarme conciliar el sueño a esas horas intempestivas mientras caminan lentamente en procesión de unas 30 ó 40 personas.
Y paradójicamente, el permiso con el que cree haber nacido este señor le ha sido concedido como licencia municipal, razón por la cual estos impresentables van escoltados, por delante y por detrás, de sendos municipales con el coche en punto muerto.
Quizá esta presencia policial sea la que calma mis ansias de bajar y cruzarle la cara al susodicho por sinvergüenza y por impresentable. Puede tener las creencias que él desee, puede pensar como le plazca, pero debe, repito: DEBE respetar la libertad de los demás, que es lusto la que delimita la suya propia.
Y el colmo de lo absurdo es que el ayuntamiento municipal propicie, autorize y acompañe al grupo en un claro ejercicio que quebranta las leyes civiles y de órden público.
Hoy me pondré a cantar a las tres de la mañana. Con un megáfono, asi me oyen los que están conmigo y los que no. Y cuando vengan a detenerme, declararé que lo hago en base a unas creencias espirituales personales.
Esta es la receta: abuso + impunidad + inmunidad: tomadura de pelo